Ya no me veo haciendo crónicas sobre carreras tal y como hacía en los primeros años del blog. No obstante sé que a mucha gente le interesa. Corredores noveles que quieren aprender, experimentados que quieren conocer alguna carrera o lectores que simplemente disfrutan de un relato sobre su afición. Un amigo de Los Paquetes me pidió que escribiera una crónica sobre lo que viví en este GTP, y lo publiqué en dicho foro. Hoy me he acordado y me he dicho: "¿por qué no publicarlo aquí?". Pues hale, ahí va el copia-pega de dicho foro, para quien guste.
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Me enfrenté al GTP con la certeza de que, si se daba todo bien, lo
haríamos en 24h. Pero los días anteriores fueron realmente estresantes e
hice lo que no se debe hacer: dormir poco, alimentarme de aquella
manera, ir atacao de un lado a otro... pero bueno, somos así y jugamos
con las cartas que vienen.
Dan la salida (emocionante esa cámara voladora y esos aplausos en el
centro de Navacerrada) y salimos... ¡¡corriendo!! Nunca habíamos corrido
en ese primer tramo, pero lo hacemos hasta la Barranca. Bueno, eso nos
daría unos 10' de adelanto. Bah, ni de coña. En la cima de la Mali
seguimos con las 2h y 2' de siempre, hagamos lo que hagamos. La bajada
fue un martirio ya que la peña se puso a caminar pero era imposible
adelantar, con lo que perdimos muchísimo tiempo. Decidí que eso nos
vendría bien para afrontar con más fuerzas el tramo final así que sigo
sin preocuparme y disfrutando de la compañía de las estrellas -tanto de
las celestes como de mis compañeros- y con la mención especial a
Rita, la Estrella Errante, que iluminó con su sonrisa y sus ánimos cada uno de nuestros pasos.
Llegamos a Morcuera por las mismas pestosas rampas de siempre y bajamos a Rascafría al trote, con
Cabesc haciendo
la goma (se adelantaba, se quedaba atrás...) y deseando que llegara
Nibble en tiempo. Nosotros íbamos justos y perdimos 1h en ese punto. Mal
porque tendríamos que haber salido antes, pero claro, estaban
Josito y
Malaika por ahí y a nosotros nos falta poco para enrollarnos y estar de risas, somos así.
Cuando salimos hace un calor terrible. Me pongo a la cabeza marcando el
ritmo hasta la mitad del Reventón pero enseguida me pasan
Pako y
Pardi.
Cabesc llega
por detrás y se une. Yo voy durmiéndome literalmente por el camino, voy
zombi y por más que trato de regular y beber noto cómo se me escapan
todas las fuerzas, me encuentro abrasado, achicharrado, y la cabeza no
me funciona ya. Aprovecho cada pequeño parón en el avituallamiento, en
cualquier lado, para cerrar los ojos y tratar de dormir. En cuanto los
cierro me pongo a soñar, voy grogui perdido. Camino de Peñalara
Cabesc se para con
Pardi y cuando llego yo me tumbo a sobar.
Jorge se va a reunirse con
Pako,
que va por delante, y nosotros nos quedamos un rato. No puedo moverme,
estoy agotado mentalmente y desesperado. Odio el trail-running y me juro
que es la última vez que me meto en una de éstas. Lo estoy pasando
realmente mal. Al llegar al nevero de Pájaros cojo un pegote de nieve y
me lo pongo debajo de la gorra, consigo refrescarme algo. Cojo otro y lo
voy tomando como si fuera un polo. Paso Claveles con cierta soltura -a
pesar de todo debe ser mi lugar natural- y tras descansar en Peñalara
bajamos
Cabesc y yo hacia la Granja. Le comento todo lo mal que
lo he pasado y que mi decisión era abandonar, pero que voy a descansar
en la Granja, dormir un rato y que luego ya veríamos. El apoyo de
Cabesc en esos momentos diciendo que me esperaría fueron más que importantes, vitales. Gracias.
Sigo maldiciendo el Trail Running pero ahora menos. Me vienen a la
cabeza las imágenes del año pasado, cuando estaba más zombie aún que
éste año, bajando tras la estela de
Pardi. Me rememoro bajando por ahí
con
Mayayo hace 3 años, como cabras en celo, y me desespero
porque apenas puedo mantener el equilibrio. Y llega el momento clave de
la carrera: el chozo Aranguez.
Al llegar al chozo hay un arroyo de aguas claras, frías y cristalinas.
En su verde hierba de ribera me pongo de rodillas y empiezo a echarme por encima
vasos de ese agua, casi bautismal. Os juro que la sensación fue mejor
que un orgasmo, mejor que un gol en el último minuto, tan intensa como
un beso adolescente. El agua resbalando por mi cara, acariciando mis
resecos labios, refrescando mi rala melena. Cada gota era una gota de
vida, una caricia de un ser superior que me estaba insuflando fuerzas,
ganas, ilusión. Repetí este ritual hasta hartarme y ya ahíto cogí un
último vaso, me tumbé y me lo eché en la cara despacio, gustándome y cerré los ojos para descansar. Ahora no sentía dolor, ni dudas, ni
miedos. Sabía que había conseguido espantar todos esos temores y que
podría lograrlo si descansaba en la Granja. Y allá que fuimos tras unos
instantes de descanso. Comencé a hablar a
Cabesc en la bajada, y esa era la mejor noticia. No paraba de hablar, y así se lo hice notar. "Ya no voy tostao,
Iván, voy hablándote, estoy recuperando la moral y las ganas". Y así fue.
Ya en la Granja cumplimos el plan. No podía comer -estómago cerrado- con
lo que bebí lo que pude y me eché un rato, me quedé unos 15'
traspuesto. Al sonar el despertador nos preparamos torpemente y salimos
los dos junto con
Miguelón, que estaba por ahí zampándose platro tras
plato de pasta. Comenzamos juntos, pero al poco
Cabesc se adelanta unos metros y
Miguelón desaparece por detrás. Le esperamos un rato y bajamos el ritmo pero ya no le volvimos a ver.
Vamos consumiendo los km y yo cada vez me encuentro mejor -dentro del
lógico cansancio- hasta que llegamos al Arrastradero, prueba de fuego.
Lo subimos del tirón, sin parar ni un solo segundo y no llegué a bufar
en ningún momento. Estaba feliz y radiante. Después de eso trago en la
Fuenfría y a por el Schmid, que se nos hace eterno y pestoso, Puerto de
Navacerrada donde apenas paramos y donde vimos un zorrillo buscando en
los cubos de basura del puerto, collado del Emburriadero donde nos
perdimos un rato, y la Barranca.
Cabesc va muy cansado, no
podemos más que trotar de vez en cuando, pero nos sabemos finishers.
Vamos a recoger nuestro chaleco, que funcionó como una auténtica
zanahoria para un borrico, ayudándonos a sobrellevar el cansancio y el
agotamiento mental. Y cuando por fin aparece la meta de Navacerrada la
emoción es brutal. Hemos vencido al dolor, a la desesperanza, al
agotamiento, al cansancio, a nuestros miedos, a nuestro cuerpo. Nos
reciben jubilosos los amigos de los Paquetes, el propio
Treparriscos como si hubiéramos ganado la prueba, nos fotografía
Memphis,
nos ponen las medallas y recogemos todo lo que nos ha aportado esta
vivencia que no cabe en una bolsa del corredor. Nos abrazamos los
compañeros de camino, un abrazo sincero y sentido entre quienes han
compartido tanto, se han apoyado el uno en el otro y han logrado algo
grande juntos. Risas y más risas son el epílogo de esta aventura
maravillosa, dura como pocas.
Es increíble pertenecer a esta familia en la que todos habéis sido una
parte importante de este éxito personal, y difícil personalizar la
gratitud que siento hacia vosotros tras haber conseguido llegar a la
meta. Por mi parte agradecer especialmente a mis compañeros de camino su
ayuda y compañía, y a
Cabesc por ayudarme a sacar lo mejor de mí
mismo para terminar esta brutalidad. Personalmente, muy contento de
haberme sobrepuesto a una durísima situación en la que no daba un duro
por mí, estaba totalmente fuera de carrera y de hobby. Os juro que ya
había pensado en el post del día siguiente. Se titulaba: "Lo dejo" y os
explicaba cómo dejaba esto de correr por el monte para siempre. Así han
estado las cosas, y afortunadamente, gracias al Agua de la Vida, ahora
son de otra manera.